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El
parentesco en cuestión
Filiación,
adopción, nominación
El parentesco se encuentra hoy
en cuestión en la civilización, y son incontables
los libros y trabajos que se le dedican, sin olvidar las polémicas
suscitadas por sus numerosas reformulaciones en nuestra civilización
de la ciencia.
Para el psicoanálisis, se trata de una cuestión de
origen.
Al afrontar los síntomas e interrogarse sobre sus causas,
el psicoanálisis no pudo menos que escrutar los efectos de
las figuras parentales. El asunto de la transmisión entre
generaciones, tanto en lo que tiene de constituyente como en sus
accidentes, le es coextensiva. Comienza por Freud con la teoría
de la seducción, continúa con el complejo de Edipo
como complejo nuclear de las neurosis, y lo encontramos hasta en
las últimas reflexiones sobre el monoteísmo. También
en Lacan, incluso antes de sus aportes específicos de los
años cincuenta, su texto de 1938 Los complejos familiares
en psicoanálisis ligaba las diversas patologías a
las etapas y configuraciones de la vida familiar. Luego fue la metáfora
paterna con su poder separador, luego el padre como excepción
lógica, y finalmente, con el nudo borromeo, la función
nominante.
Sin embargo, sobre estas cuestiones, el psicoanálisis no
hace más que tomar el relevo de los sujetos mismos, al menos
de aquellos que entran en su dispositivo. Al ser invitados a hablar
libremente, sin censura, cada cual no puede hacer menos, incoerciblemente,
que hablar de sus padres y madres, de su presencia o de su ausencia,
del misterio de su unión, de las coyunturas de su nacimiento,
de la acogida que se le dispensó, de lo que le fue acordado,
rechazado, o impuesto, etc. Es lo mismo que decir que un postulado
implícito lo lleva a buscar las llaves de su ser y de sus
sufrimientos en la, o las, generaciones que le han precedido. Paralelamente,
desde que Freud descubrió lo que llamaba "la novela
familiar del neurótico", sabemos que los pequeños
sujetos, imaginativos, se inventan unos padres a la medida de sus
anhelos cada vez que no logran "adoptar" subjetivamente
a quienes los engendraron.
Es un hecho demasiado masivo como para no ser central. Condujo al
psicoanálisis a interrogar el lazo del inconsciente generador
del síntoma con la historia individual, y pues al legado
familiar, a la pareja de los padres y en especial a su deseo sexuado.
Sin ninguna duda algo pasa entre las generaciones, siendo la cuestión
poder precisar cuál es su naturaleza. Muchas son las fórmulas
que se han ido depositando, de Freud a Lacan, desde las identificaciones
edípicas presidiendo la defensa y los valores ideales, hasta
el discurso del Otro y el deseo como deseo del Otro. Pero no por
ello la teoría del síntoma puede ir en la cuenta de
un familiarismo cualquiera. ¿Como se podría por lo
demás rectificar el goce de un síntoma cuya causa
fuese anterior al sujeto? Aquél tiene sin duda algunos amarres
en el Otro, pero este Otro no responde de su síntoma ¿y
cómo podría hacerlo, él, que nada sabe del
goce, real?
¿Se trata más bien de saber cuáles son, si
las hay, las condiciones generacionales de lo que Lacan llamaba
en un tiempo "la humanización del deseo", o sea,
de una sublimación de las pulsiones
que permita a un sujeto inscribirse en un lazo social vivible, en
donde sus propias capacidades de acción, de creación
y de amor puedan llegar a satisfacerse?
La evolución de nuestra actualidad reaviva
esta cuestión y quizás nos invita a renovar el planteamiento.
La época está por la paridad, eso resulta patente,
y toda disimetría instituida es juzgada como reaccionaria.
La legislación lo refrenda en todos los niveles: poder parental,
patria potestad, patronímico, etc. Sin embargo las exigencias
subjetivas y las nuevas prácticas no siempre son homogéneas.
El que la ciencia se inmiscuya en los procesos de reproducción
(la inseminación artificial, FIV, sin hablar de las madres
portadoras aún no legalizadas en nuestro medio) permite ciertamente
acudir en ayuda de la fecundidad, pero implica la disyunción,
inédita en la historia, del engendramiento de los cuerpos
y del acto sexual.
El control de los nacimientos hace posibles y efectivos los embarazos
que se quieren sin padre, sean o no fruto de la ciencia. La célula
elemental del parentesco se reduce entonces a la "ponedora"
(pondeuse), como dice Lacan, y a su o sus productos. Elisión
pues de la filiación simbólica, en provecho de la
sola dimensión biológica de la reproducción,
y exclusión no solamente de la función de padre sino
del genitor mismo. En este punto la práctica contradice masivamente
la ideología de la paridad, asegurando más bien una
dominación casi total de lo que Marcela Iacub denomina con
razón "El imperio del vientre".
Por otro lado, los matrimonios y sobre todo las adopciones de parejas
homosexuales instauran un parentesco puramente simbólico,
pasando solamente por el deseo de un niño, pero postula con
ello que el parentesco puede definirse sin hacer referencia a la
pareja sexuada. Paralelamente, los tests de ADN de paternidad imponen
a los genitores deber asumir lo que se piensa como una función
de padre reducida, es cierto, a su aspecto social y financiero más
fáctico.
Es lo mismo que decir que los árboles genealógicos
ya no son lo que eran: siempre hubo, desde luego, sujetos por fuera
de la filiación, y pues sin herencia simbólica, niños
abandonados, hoy nacidos de X, pero el fenómeno ha tomado
una nueva extensión: imposible sostener, como hacía
Lacan en 1958, que la familia conyugal es "el residuo último
de la fragmentación de los grupos sociales", y menos
aún que el intercambio de mujeres sea el fundamento de nuestras
sociedades, tal como lo retomaba de Levi Strauss.
Hoy la reproducción ya no exige una pareja, el genitor es
elevado a padre, la pareja parental no toma en consideración
la diferencia de los sexos, y más aún, la familia
prescinde de la pareja, lo que la adopción concedida a solteros
sanciona en el plano jurídico. Todo esto, junto a la movilidad
por no llamarlo inestabilidad de las uniones así como de
las familias, constituye una nueva situación.
Vemos por otra parte que en estos acelerados reajustes, nuevas cuestiones
salen a la luz. ¿Los sujetos tienen derecho a saber quién
es el donador cuando nacieron por inseminación, o quién
era la madre portadora, o quién era la parturienta cuando
nacieron de X, y los genitores cuando fueron adoptados? Estas cuestiones,
estas exigencias en ascenso, que no reciben por el momento las mismas
respuestas en los distintos lugares, y que todas ellas reducen la
filiación al engendramiento, manifiestan claramente, sin
embargo, que la búsqueda de la identidad subjetiva pasa imperativamente
para cada cual, por una interrogación sobre el origen, lo
que no debe sorprender a los psicoanalistas.
Más que nunca se plantea la cuestión
de medir hasta dónde ha llegado el psicoanálisis desde
hace un siglo en el tratamiento de esta cuestión. La primera
respuesta por el Edipo freudiano era sin duda solidaria de la familia
de base conyugal. Las metamorfosis contemporáneas permiten
medir mejor sus postulados implícitos, que son tres. Ella
inscribía el engendramiento de los cuerpos en la serie de
dos estirpes simbólicas; las dos figuras mayores, padre y
madre, calcaban la división de los sexos; y finalmente en
tercer lugar, ella hacía disimétricas las funciones
paternas y maternas, haciendo de la madre el objeto primordial de
la libido, y del padre el representante de la prohibición.
Anudamiento pues de lo biológico y de lo simbólico,
del parentesco y del sexo, de la ley y del deseo. Sabemos de qué
modo este último rasgo es hoy denunciado como conservador
por parte de la ideología paritaria, que lo reprocha tanto
a Freud como a Lacan, olvidando (¿ignorancia, mala fe?) que
más allá de su retorno a Freud este último
se entregó a fundar una puesta en cuestión del Edipo
que, según decía, "no puede estar indefinidamente
en el cartel". Se puede seguir a lo largo de sus cerca de veinte
años de seminario el camino que lo condujo de un elogio de
la familia conyugal en la que se aloja el Edipo de Freud hasta una
puesta en cuestión progresiva pero contínua de este
Padre edípico, el cómico "perorante-Után"
(pérorant Outang), como lo dice en El atolondradicho, hasta
la afirmación de que el valor de la familia merecería
ser puesto en cuestión, y hasta el esfuerzo por diferenciar
las configuraciones sociales históricamente contingentes
de las condiciones simbólicas y reales de la humanización
del deseo.
Así pues, preguntas de hoy:
–¿Hasta donde, a la vista de lo
que se desprende del discurso privado de los inconscientes, podemos
desunir la diferencia sexual de aquello que se transmite de estructuración
subjetiva de una a otra generación?
–¿Cómo los deseos sexuales
repercuten en la acogida que se hace al niño? Tal como lo
muestran las experiencias de hospitalismo, ni los buenos cuidados
del cuerpo, ni siquiera el calor del afecto bastan, porque no pueden
sustituir la acogida en un deseo no anónimo y que lleve la
marca de un interés particularizado. La cuestión es
entonces saber ¿cómo y hasta dónde este deseo
se revele o no función del sexo, del aquel del niño,
pero también del de los padres?
–¿Cómo definir sin el mito
edípico la función paterna y la función materna,
siendo además que la época tiende a homogeneizar los
roles sociales?
–Lacan promovió un más allá
del Edipo, pero no un más allá de la castración
que, ella, no es un mito sino un dato que se demuestra ineludible
en la experiencia analítica. A partir de ahí, la disparidad
de los sexos en lugar de ello, ¿no es quizás el punto
de objeción irreducible a los progresos de la paridad –por
otra parte muy legítima– en el campo social?
–Siendo sustituible el nombre del padre,
queda por definir la función única que sostiene lo
plural de sus nombres, y que permite pasar de este nombre, según
la tesis que Lacan opone al Edipo de Freud en 1975. Si es una función
de nominación, un decir que nombra, ¿cuáles
son sus diversos modos: decir del padre, madre que nombra, nominación
por lo social, auto-nominación…?
Colette Soler, 5 de enero de
2005
Comité científico
Mario Binasco, Josée
Mattéi, Diego Mautino, Carmen
Lafuente, Viviana Bordenave, Frédéric
Pellion, Colette Soler
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